El Indio Juan

12 junio, 2014 at 2:59 pm Deja un comentario

A Juan lo conocí una larga tarde de verano. El calor adentro era insoportable, pero afuera una leve brisa mecía perezosamente las hojas adormecidas de los árboles. Arrecostado en una hamaca en el porche delantero de mi casa, mi vista se perdía en el infinito mientras sin esfuerzo intentaba descifrar las formas irregulares de unas pocas nubes, blancas y estáticas.

En esa tarde remota sentía vivamente la eternidad. Sabía que el mundo era eterno, que había tiempo para todo, que viviría para siempre. No sé cuantos minutos u horas había estado escudriñando nubes cuando me despabiló el grito de un vendedor ambulante en el portón.

–¡Cuajada, Cuajada! Cipote, andá vé si tu mamá va a querer cuajada.
–Mire, ella no está, pero ¿a cómo la da?
–A daime.
–Pues entonces deme una.

Me levanté buscándome los únicos veinte centavos que tenía. Al acercarme noté los surcos profundos que recorrían su cara gastada. Antes de irse, sus oscuros ojos impenetrables me miraron con un cansancio infinito, y me dijo,

–Bueno, decile a tu mamá que vua pasar el viernes a ver si quiere.

La cuajada estaba fría y despedía un olor dulce y fresco. Presurosamente desenvolví las hojas de guineo. Era tan blanca como las nubes. Luego de calentar unas tortillas en la cocina, me dí un festín rapaz en la hamaca comiendo nube y deseando haber tenido otro daime.

El viernes me enteré que el señor de la cuajada se llamaba Juan. Esta vez mi mamá me había dejado dos lempiras para él. Me imaginé su amplia sonrisa desdentada cuando le dijera la fortuna que le iba a comprar de cuajada, pero su rostro permaneció inmutable como si lo supiera de antemano, como si su vida estuviera escrita.

Pasaron los años y Juan seguía llegando, cada vez más viejo y desgastado que cuando lo conocí. Su espalda se doblaba bajo el peso de la caja repleta de cuajadas. De tanto sol, su piel se había vuelto metálica y oscura como oro sucio. Aprendí a saludarlo en su idioma enigmático con palabras que sonaban a canto de la selva. Creo que le caía bien porque a veces me regalaba una bolita de cuajada la cual yo aceptaba con cierta renuencia porque sabía que me daba de lo poco que tenía. Si intentaba pagársela me decía, “entonces no sería un regalo”.

Un día quise pagarle sus tantos regalos con un regalo propio. Había visto sus tristes sandalias remendadas y decidí comprarle un buen par de sandalias en el mercado. El día que se las dí fue uno de los pocos en que lo ví sonreír. “Con éstas voy a poder hacer el recorrido volando”, me dijo.

El siguiente viernes Juan no llegó. Mi familia se quedó con las ganas de comer cuajada fresca y yo quedé pensando en la vez que me contó que había soñado que él era un quetzal. El próximo viernes salí a recibirlo cuando oí sus gritos lejanos anunciando la cuajada, pero en vez de él, venía un muchacho delgado con la caja de cuajadas en su espalda encorvada. Traía puestas las sandalias nuevas de Juan.

Anuncios

Entry filed under: Uncategorized.

Mejor Ni Lo Firmo Poesía Deforme

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Subscribe to the comments via RSS Feed


Entradas recientes


A %d blogueros les gusta esto: