Morazán

4 octubre, 2014 at 6:32 pm Deja un comentario

No es un error fracasar,
error es no apuntar alto.

La noticia era más que sabida—los torofuegos permanecerían en la oscuridad de las bodegas, el papel picado guardaría su multicolor para una ocasión menos aciaga, y las marimbas, a punto de vibrar para celebrar el triunfo, ahora sólo harían eco con su silencio a la muchedumbre salvadoreña que se amontonoba para recibir a Morazán en su regazo como a un hijo desconsolado.

Francisco Morazán y sus muchachos avanzaban sombríos pero con la mirada en alto. Carrera los había derrotado pero no humillado pues se habían batido con entereza y convicción hasta el último momento. Eso lo sabía, lo sentía la multitud atiborrada en ambos lados de la calle quien había venido no por curiosidad de ver a un caudillo vencido sino por admiración hacia quién ha caído luchando por sus ideales. Aquellos fieles centroamericanistas contenían las lágrimas al ver la figura erguida de Morazán en su lenta marcha entre el pueblo que tanto lo había respaldado. Querían gritar: “General, no nos ha defraudado, seguimos creyendo en Ud. y en la república. Ud. representa, hoy y siempre, nuestras más altas aspiraciones”. Pero sólo se escuchaba el agotado paso marcial de los restos del ejército que días antes había partido bríoso y confiado a batir las huestes carreristas que hundían a Centroamérica en la ignominia.

De pronto una anciana con un niño en brazos gritó con firmeza: “¡Viva el General Morazán!” Al instante la muchedumbre irrumpió en vítores y exclamaciones que se parecían mucho a la algarabía de una celebración. Morazán sintió entonces una punzada de amor y supo que debía abandonar Centroamérica cuanto antes.

Al pasar el caudillo a su lado, la anciana alzó al niño diciendo: “Mi general, quiero que algún día llegue a ser igual que Ud”, a lo que el aludido respondió: “Ruegue a Dios, mi buena señora, que llegue a ser mucho mejor que yo pues yo no he sabido sacar a mi patria de la desgracia en que hoy se encuentra”. La mirada entusiasta de la señora se apagó pero siguió a Morazán hasta perderlo entre la gente. Entonces, se volvió a su nietecito diciéndole con ternura: “Quiero que algún día seás como él”.

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Llanto por Francisca Magia

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