Andar Terrestre

Todo se ve igual,
todo parece lo mismo,
pero no lo es.
Becca ya no está aquí.

El sol salió y no la encontró.
El viento, las hojas
y la mayor parte de la vida
terrestre se preguntan
dónde está, por qué no está.

Todos la extrañan
porque era parte íntegra
de ellos,
porque habitaba en un rincón,
en un espacio profundo y vital.

Sin ella el sol brilla menos,
el viento se mueve lentamente,
las hojas ya no quieren
seguir atadas al árbol,
y el árbol
las deja caer
para que besen el suelo
donde una vez caminó Becca.

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29 febrero, 2016 at 9:31 pm Deja un comentario

Magia

Vivo en un país mágico
donde la luz y el agua
son constantes
donde floto por los aires
y veo gente abajo
caminando en las calles
en los bosques
donde sólo se está triste
si se quiere
donde no esperamos nada
y por eso
recibimos todo.

Pero no es un país,
es una casa,
una casa de magia
y de misterio,
o un planeta, una esfera
atada a una estrella
como nosotros a ella,
nuestro mundo mágico,
inexplicable,
donde me siento,
camino
y vuelo
mientras mis lágrimas
caen
al suelo.

21 noviembre, 2014 at 1:59 am Deja un comentario

Morazán

No es un error fracasar,
error es no apuntar alto.

La noticia era más que sabida—los torofuegos permanecerían en la oscuridad de las bodegas, el papel picado guardaría su multicolor para una ocasión menos aciaga, y las marimbas, a punto de vibrar para celebrar el triunfo, ahora sólo harían eco con su silencio a la muchedumbre salvadoreña que se amontonoba para recibir a Morazán en su regazo como a un hijo desconsolado.

Francisco Morazán y sus muchachos avanzaban sombríos pero con la mirada en alto. Carrera los había derrotado pero no humillado pues se habían batido con entereza y convicción hasta el último momento. Eso lo sabía, lo sentía la multitud atiborrada en ambos lados de la calle quien había venido no por curiosidad de ver a un caudillo vencido sino por admiración hacia quién ha caído luchando por sus ideales. Aquellos fieles centroamericanistas contenían las lágrimas al ver la figura erguida de Morazán en su lenta marcha entre el pueblo que tanto lo había respaldado. Querían gritar: “General, no nos ha defraudado, seguimos creyendo en Ud. y en la república. Ud. representa, hoy y siempre, nuestras más altas aspiraciones”. Pero sólo se escuchaba el agotado paso marcial de los restos del ejército que días antes había partido bríoso y confiado a batir las huestes carreristas que hundían a Centroamérica en la ignominia.

De pronto una anciana con un niño en brazos gritó con firmeza: “¡Viva el General Morazán!” Al instante la muchedumbre irrumpió en vítores y exclamaciones que se parecían mucho a la algarabía de una celebración. Morazán sintió entonces una punzada de amor y supo que debía abandonar Centroamérica cuanto antes.

Al pasar el caudillo a su lado, la anciana alzó al niño diciendo: “Mi general, quiero que algún día llegue a ser igual que Ud”, a lo que el aludido respondió: “Ruegue a Dios, mi buena señora, que llegue a ser mucho mejor que yo pues yo no he sabido sacar a mi patria de la desgracia en que hoy se encuentra”. La mirada entusiasta de la señora se apagó pero siguió a Morazán hasta perderlo entre la gente. Entonces, se volvió a su nietecito diciéndole con ternura: “Quiero que algún día seás como él”.

4 octubre, 2014 at 6:32 pm Deja un comentario

Llanto por Francisca

Yo quiero que me enseñen
un llanto como un río

Federico García Lorca

¿Cómo creer que te has ido,
qué no volverás de tu viaje?
¡¿Es que acaso
no volverá a amanecer
nunca más?!

Después de tu muerte
mis pasos son
más largos,
mis miradas son
más lejanas,
mis sonrisas son
más tristes,
mis lágrimas son
más continuas;
y me llena una
desesperación inocente
que no comprende
que no volverás
a cruzar mi puerta

Félix Aguilar

1 septiembre, 2014 at 1:25 am Deja un comentario

La Oferta

Era una propuesta insólita. El gobierno de aquel remoto y pequeño país de Europa central ofrecía nada menos que comprar aquel igualmente pequeño país centroamericano, no en sentido figurado pues esa era práctica común sino que comprarlo completo de frontera a frontera y de costa a costa. Hijos de un país sin salida al mar, los europeos soñaban con tener dos mares. Ellos, nadando en dinero, soñaban con nadar—cuando les diera la gana—en las costas del Caribe o del Pacífico, con perderse en selvas exuberantes, con estudiar y admirar—sin pedirle permiso a nadie—joyas arqueólogicas de embrujantes civilizaciones desaparecidas, y sobre todo con el sol, con el implacable sol ardiente que tornaría sus pieles de un blancuzco indefinido a un cobrizo reluciente.

Sabían muy bien que el precio sería alto, especialmente porque—siendo europeos de avanzada conciencia social—no podían concebir dejar sin casa a los humildes habitantes de aquel pequeño país centroamericano. Como un gesto de generosidad inaudita, ofrecieron a cambio de aquel país pobre y subdesarrollado su propio país con sus carreteras libres de agujeros, sus avanzados y nítidos hospitales, sus amplias escuelas y sus magníficos aeropuertos. Los sencillos habitantes de aquel pequeño país centroamericano no se podrían rehusar pues se les estaba ofreciendo el desarrollo instantáneo, el cual, bien se sabía, era el máximo sueño de aquella oprimida población.

Por si fuera poco, los europeos no sólo ofrecían su país sino que cargarían con todos los gastos de repatriación—si se le puede llamar así cuando toda la población de un país se traslada a otro—y además le pagarían a cada habitante que decidiera mudarse una generosa compensación por tomarse tan tremenda molestia. Sobra decir que a los viejos y a uno que otro renegado de los dos países no los pudieron mover ni con las más seductoras ofertas de vida fácil en un país desarrollado o de jubilación alegre en un paraíso tropical pues el sentimentalismo suele interferir con la razón. Pero tan innovadora idea era llamativa por demás para el resto de la población. Era natural que el dinero lograra resolver—de un solo golpe—la melancolía milenaria de un pueblo acostumbrado a vivir entre la nieve y un cielo gris, y la miseria de otro pueblo víctima de su historia.

Al cabo de un par de meses, antes de lo anticipado, ya se habían mudado la gran mayoría de las dos poblaciones con promesas mutuas de cuidar y respetar a los que quedaban atrás. Aquel año un huracán acompañado de tormentas torrenciales azotó terriblemente a los nuevos habitantes europeos de aquel país centroamericano causando muchas pérdidas materiales y humanas. También, ese primer año, antes que pudieran reconstruir su infraestructura médica y re-entrenar a sus doctores, muchos de ellos sucumbieron a extraños males del trópico. A miles de kilómetros, los nuevos habitantes centroamericanos de aquel país europeo descubrieron que la nieve no sólo sirve para jugar, que tenían demasiadas bibliotecas y muy pocos libros con que llenarlas, y cuando quisieron ir de vacaciones a los países vecinos se enteraron con cierto desagrado que se les prohibía la entrada. Con igual disgusto, los nuevos habitantes europeos de aquel país centroamericano se vieron obligados a levantar cercos que se extendían bajo el mar para impedir el torrente de indeseables de los países vecinos que pretendían disfrutar de las frutas de un país nuevamente desarrollado convenientemente colocado al otro lado de la frontera.

31 agosto, 2014 at 10:08 pm Deja un comentario

Callezuela

Callezuela estrecha,
empedrada visión gris
de oscura tibieza,
símbolo dulce y plácido
de la vieja Europa.

Acógeme en la intimidad seductora
de tus casas austeras
y comparte conmigo
tus perdidos sueños de antaño.

Déjame recorrerte extasiado
y que mis pies acaricien
las figuras nostálgicas
de tu triste empedrado.

30 julio, 2014 at 6:22 pm Deja un comentario

Labriego en Libertad

Era como si el mundo se acabara. Soportaba impasible las noches cargadas de estruendos que conmovían con furor sísmico los cimientos de la vieja prisión y que la volvían mas fría y húmeda que nunca. Pero, ¿qué importaba si se acababa el mundo? si para Saturnino tenía mucho de haberse acabado. El tiempo ya no transcurría en horas ni en días pues esas medidas de tiempo habían perdido su sentido. Ahora sólo pensaba en meses, pero no en meses como enero y julio pues esos tampoco significaban nada, sino que en los meses calientes cuando el calor lo ahogaba y sentía que el cuerpo le iba a explotar, y en los meses fríos y húmedos—en realidad todos son húmedos pero la humedad fría es más atroz que la caliente—como el de esta noche en la que ya sólo esperaba que en forma proverbial lo partiera un rayo.

Habían meses bulliciosos como los de fin de año cuando se celebraba la navidad y el inicio de un buen año (o quizás el fin de uno malo). Esos meses lo entretenían pues miraba caras nuevas que llegaban a visitar a los demás. El ya no esperaba visitas, ni las extrañaba pues había dejado de recibirlas hace varios años—seguro que han sido años pues el año tiene muchos meses—y se conformaba con ver, aunque fuera de lejos, las que recibían los otros.

Los que más añoraba eran los meses abiertos. Era entonces cuando se colaba cierta claridad por la ventanita enrejada que lo convidaba a escudriñar el cielo en busca de aves que iban adonde querían. En los meses abiertos se abría todo—la ventanita era un ventanal y la serenidad de un porche que da a los cerros y al río, su catre sucio se ampliaba y se mecía con el vaivén de una hamaca, los insultos traían el canto de los gallos, las alabanzas de la misa, y los gritos de los niños, los pasillos se doblaban, subían y bajaban, y no lo llevaban al patio desgastado sino que a los frijolares y a las puertas de sus amigos. Los meses abiertos traspiraban olor a pino, tamal fresco y café dulce. Pero, por supuesto, a los meses abiertos les seguían los cerrados cuando no había luz que iluminara su celda, cuando sentía todo el peso de su existencia, cuando ni siquiera podía cerrar los ojos en las noches aunque hubiera querido poder cerrarlos para siempre. Fue en una noche de un mes cerrado cuando terminaron de desbaratarle la vida.

––Hey Saturnino te tengo buenas noticias. La juez dijo que quedás libre, que te podés ir mañana a primer hora.

El carcelero de guardia le descargó la brutalidad de esas palabras como una sentencia mientras intentaba alumbrarle la cara.

—¿Me oíste Saturnino? Ya no tenés que seguirte pudriendo en esta puta carcel. ¿Oíste Saturnino? ¡Saturnino!

Al oirlo sollozar el guardia decidió ir a jugar naipes con sus compañeros. Esa noche Saturnino se arrepintió de nuevo, como lo había hecho todas las noches por once años, de haberse robado una camisa en una tienda del centro. Había venido a la ciudad a buscar trabajo pero después de largos días de hambrear sin suerte pensó que con vender una camisa nueva iba a poder pagarse el pasaje de regreso a El Nancito.

Aceptó sin protestar y casi sin quejarse la golpiza de los policías porque reconocía que en su desesperación había hecho mal, mas nunca se imaginó que esa camisa significara tanta vida. «En otro país ya te hubieran cortado la mano con que robaste, cabrón. Suerte tenés de vivir aquí». Pero esta noche el guardia le había dicho que los once años habían sido un error, que se habían olvidado de él, que se alegrara que alguien al fin se había fijado que una camisa no valía tanto—pues que bueno que hoy me regalen su error para llevármelo para siempre con el mío de venir a esta ciudad maldita.

Al salir por la mañana pensó en su mujer y en sus hijos—¡cómo deben estar de grandes, cómo debe estar ella de linda! Pensó en El Nancito y sonrío. Luego, acariciando entre índice y pulgar los veinte pesos que le había facilitado la jueza más por vergüenza que por piedad, Saturnino se encaminó a su pueblo aunque sabía de sobra que nunca iba a volver ahí.

30 julio, 2014 at 3:47 pm Deja un comentario

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